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El edificio que sobrevivió a Hiroshima y una ciudad decidió conservar para siempre
06August
Artículos

El edificio que sobrevivió a Hiroshima y una ciudad decidió conservar para siempre

Antes de convertirse en una de las ruinas más reconocibles del mundo, la Cúpula de la Bomba Atómica de Hiroshima fue un edificio moderno, llamativo y lleno de actividad. Allí se exhibían productos industriales, se celebraban exposiciones y también se mostraban obras de arte. Su estructura europea destacaba en una ciudad donde predominaban las construcciones de madera de dos plantas.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, la primera bomba atómica utilizada en una guerra explotó sobre Hiroshima. El antiguo Palacio de Promoción Industrial se encontraba a unos 160 metros del hipocentro horizontal de la detonación. El edificio ardió y quedó destruido en gran parte, pero sus muros centrales y la estructura metálica de la cúpula permanecieron en pie.

Lo que hoy parece un monumento destinado desde el principio a la memoria estuvo durante años a punto de desaparecer. Algunos habitantes deseaban conservarlo como testimonio; otros querían eliminar una ruina que reabría recuerdos insoportables. La historia de la Cúpula de Hiroshima no es solo la de un edificio que resistió una explosión, sino la de una ciudad que discutió qué debía hacer con su herida más visible.

De galería de arte a ruina junto al hipocentro

El edificio fue diseñado por el arquitecto checo Jan Letzel y terminado en 1915 como Palacio de Exposiciones Comerciales de la Prefectura de Hiroshima. Su fachada de piedra y mortero, sus tres plantas y la torre central coronada por una cúpula elíptica le daban un aspecto poco habitual para la ciudad.

Su función era promover la industria local, pero el inmueble también acogió ferias, muestras comerciales y exposiciones de arte de la prefectura. Antes de quedar asociado para siempre a la destrucción, fue un espacio ligado a la modernización, la cultura y la vida cotidiana de Hiroshima.

La explosión se produjo aproximadamente a 600 metros de altura. Debido a que la onda expansiva golpeó el edificio casi desde arriba, parte de la estructura vertical evitó el derrumbe total. Quienes se encontraban dentro murieron, mientras que la cubierta de cobre desapareció y dejó al descubierto el esqueleto metálico que terminaría dando nombre al monumento.

Durante la reconstrucción de Hiroshima, el edificio ennegrecido quedó aislado en una ciudad que comenzaba a levantar viviendas, calles y nuevos equipamientos. Su presencia generó una cuestión que continúa siendo central en la conservación del patrimonio traumático: si una ruina dolorosa debe mantenerse visible o si reconstruir exige también hacerla desaparecer.

Esta tensión aparece en otros lugares donde el arte y la arquitectura conservan la memoria de la guerra. El Guernica de Picasso, por ejemplo, sigue actuando como imagen contra la violencia décadas después del bombardeo que lo originó. La diferencia es que Hiroshima no conserva una representación de la destrucción: conserva uno de los cuerpos arquitectónicos que la padecieron.

También dialoga con obras contemporáneas como Nabatele, la sinagoga flotante presentada en Venecia, donde la arquitectura aparece separada del suelo y convertida en símbolo de desarraigo. En Hiroshima, por el contrario, la ruina permanece fijada exactamente al lugar donde ocurrió la catástrofe.

La movilización ciudadana que evitó su demolición

La conservación no fue inmediata. Durante la posguerra hubo posiciones enfrentadas y el deterioro avanzó durante años. En 1948, una encuesta promovida por la asociación turística de Hiroshima registró más apoyos a la conservación que a la demolición, aunque el debate siguió abierto.

Una figura decisiva fue Hiroko Kajiyama, una joven que había estado expuesta a la radiación y murió de leucemia a los 16 años. En su diario escribió que aquella visión dolorosa debía permanecer para transmitir el horror de la bomba. Sus palabras fueron difundidas por un pequeño grupo de escolares y activistas que inició una campaña para proteger la estructura.

La presión ciudadana creció hasta que, en julio de 1966, el Ayuntamiento de Hiroshima aprobó por unanimidad su conservación permanente. La ciudad lanzó una campaña de donaciones en Japón y en el extranjero. Más de 1,3 millones de personas aportaron fondos para estabilizar el edificio, y las primeras obras de preservación concluyeron en agosto de 1967.

Esta decisión cambió la naturaleza del inmueble. Ya no era únicamente una ruina abandonada, sino un monumento conservado deliberadamente en estado de ruina. Las intervenciones posteriores no buscaron reconstruir las plantas perdidas ni devolverle su aspecto de 1915. Su objetivo fue impedir el colapso sin borrar las huellas de 1945.

En 1996, la UNESCO incorporó el Memorial de la Paz de Hiroshima a la Lista del Patrimonio Mundial. La organización lo considera un símbolo de la fuerza destructiva creada por la humanidad, pero también una expresión de la esperanza de paz y de eliminación de las armas nucleares.

El monumento no puede recorrerse por dentro. Se contempla desde el exterior, al otro lado de una verja, dentro del Parque Conmemorativo de la Paz. Esa distancia evita convertir la ruina en una atracción convencional y obliga a observar la fragilidad de los muros, las ventanas vacías y la estructura metálica expuesta.

Hiroshima decidió no reconstruir el edificio y tampoco permitir que desapareciera. Eligió una tercera opción: conservarlo incompleto. La cúpula no explica por sí sola todo lo ocurrido el 6 de agosto de 1945, pero mantiene visible una interrupción en medio de la ciudad reconstruida.

Ochenta y un años después del bombardeo, su fuerza no procede de la monumentalidad. Procede de lo contrario: de unos muros que permanecen en pie sin fingir que la destrucción puede repararse por completo.

La Cúpula de Hiroshima: historia del edificio que sobrevivió