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La gran lección de David Hockney: aprender a mirar en la era de las pantallas
15June
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La gran lección de David Hockney: aprender a mirar en la era de las pantallas

La muerte de David Hockney ha activado el ritual habitual de los grandes nombres del arte: las piscinas californianas, los retratos, los récords de subasta, el color luminoso y la imagen del artista británico que nunca dejó de trabajar. Sin embargo, reducir su legado a una sucesión de obras célebres sería perder lo más importante. Hockney nos enseñó algo mucho más difícil que reconocer un cuadro: nos enseñó a mirar.

La diferencia no es menor. En una época en la que millones de imágenes pasan a diario por teléfonos, pantallas, redes sociales y dispositivos de todo tipo, mirar se ha convertido casi en una rareza. Vemos mucho, pero observamos poco. Capturamos escenas, las compartimos, las archivamos y las olvidamos con una velocidad que habría resultado incomprensible hace apenas unas décadas. Frente a esa ansiedad visual, Hockney mantuvo durante toda su carrera una actitud casi obstinada: detenerse ante el mundo, volver a verlo, desconfiar de la mirada automática.

La gran retrospectiva David Hockney 25, organizada por la Fondation Louis Vuitton de París en 2025, dejaba clara esa amplitud. Allí convivían pinturas, dibujos, retratos, paisajes, obras realizadas en iPhone e iPad, experimentos fotográficos e instalaciones de vídeo. No era solo una exposición sobre un artista longevo. Era el mapa de una curiosidad que nunca se apagó.

Quizá por eso Hockney sigue interesando a públicos tan distintos. Quien llega a él por sus piscinas descubre después a un artista obsesionado con la perspectiva. Quien se acerca por sus paisajes encuentra a un creador que nunca separó del todo naturaleza y tecnología. Quien lo identifica con el placer visual termina encontrándose con una pregunta mucho más compleja: cómo vemos realmente aquello que tenemos delante.

El artista que no se conformó con una sola forma de ver

David Hockney fue, durante décadas, una figura reconocible incluso para quienes no frecuentaban museos. Las piscinas de Los Ángeles, los interiores soleados, los cuerpos junto al agua y los grandes retratos dobles construyeron una iconografía propia del siglo XX. Pero su trayectoria no se detuvo en esa imagen brillante de California. De hecho, lo más interesante de Hockney aparece cuando se observa su negativa a quedarse quieto dentro de su propio éxito.

Desde muy temprano entendió que una imagen no es nunca una simple copia de la realidad. La cámara fotográfica podía registrar un instante, pero no reproducía la experiencia completa de mirar. Por eso en los años setenta y ochenta comenzó a trabajar con collages fotográficos formados por múltiples instantáneas. Aquellas composiciones no eran un capricho formal. Eran una forma de discutir con la cámara y de recordar que el ojo humano no ve desde un único punto fijo, sino que se mueve, compara, recuerda y recompone.

Ese interés por la percepción explica también su relación con la tecnología. Hockney utilizó Polaroids, fax, vídeo, iPhone e iPad sin convertirlos en fetiches. No le interesaba parecer moderno. Le interesaba seguir mirando de otra manera. Cuando empezó a dibujar flores o paisajes en una tableta, el gesto no fue una ruptura con la pintura, sino una continuación de la misma pregunta que lo acompañó siempre: qué puede hacer una imagen para acercarnos a la experiencia de ver.

En un momento en el que los debates culturales se concentran con frecuencia en las herramientas, Hockney ofrece una respuesta incómodamente sencilla. La herramienta importa, pero no basta. Puede cambiar el soporte, puede cambiar la velocidad de producción, puede cambiar la forma de circulación de una imagen, pero nada de eso sustituye la atención. Un dibujo hecho en iPad puede ser tan lento como una acuarela si quien lo realiza está observando de verdad.

“La modernidad de Hockney no estuvo en usar nuevas tecnologías, sino en recordar que ninguna tecnología puede mirar por nosotros.”

Por eso su obra dialoga tan bien con este tiempo. No porque predijera la cultura digital, sino porque supo situarse frente a ella sin ingenuidad. Hockney entendió que una imagen rápida no necesariamente ve mejor, que una cámara no siempre comprende más que un ojo entrenado y que el exceso de estímulos puede empobrecer nuestra relación con lo visible.

La atención como forma de resistencia

En las últimas décadas, Hockney volvió una y otra vez al paisaje. Pintó Yorkshire, los caminos rurales, los árboles, las estaciones, la llegada de la primavera y las variaciones de luz sobre un mismo entorno. También trabajó desde Normandía, donde continuó registrando flores, interiores, jardines y cambios atmosféricos con una intensidad que desmentía cualquier idea de retiro creativo.

Es fácil confundir esos temas con una vuelta amable a la naturaleza. No lo son. En manos de Hockney, un árbol, una flor o una carretera secundaria se convierten en ejercicios de atención. Hay algo profundamente contemporáneo en esa insistencia en mirar lo que aparentemente no sucede. Mientras gran parte de la cultura visual compite por producir impacto inmediato, él obligaba al espectador a permanecer un poco más frente a una imagen.

Esa es la razón por la que sus flores, como las que aparecen en la imagen que acompaña este artículo, tienen más peso del que parece. No se trata únicamente de naturalezas muertas coloristas ni de un motivo decorativo. Son una declaración silenciosa sobre la observación cotidiana. Hockney no necesitaba buscar lo extraordinario para hacer una obra relevante. Le bastaba con mirar de nuevo aquello que otros habían dejado de ver.

La lección resulta especialmente valiosa para una generación que vive rodeada de pantallas. En un museo, en una cafetería o en un aeropuerto basta mirar alrededor para comprobar que el acto de observar se interrumpe constantemente. Miramos una obra y enseguida buscamos el móvil. Vemos un paisaje y pensamos en fotografiarlo. Asistimos a una exposición y muchas veces la recorremos más preocupados por guardar una imagen que por quedarnos dentro de ella.

Hockney no fue un nostálgico que rechazara ese mundo. Esa es precisamente la fuerza de su posición. Utilizó las pantallas, pero no se dejó gobernar por ellas. Las convirtió en un instrumento para prolongar la mirada, no para sustituirla. En sus manos, el iPad no fue un símbolo de velocidad, sino una libreta luminosa desde la que seguir observando flores, amaneceres y campos con la misma paciencia de siempre.

Quizá ahí esté su enseñanza más actual. David Hockney no nos pide volver al pasado ni desconfiar de toda tecnología. Nos recuerda algo más difícil y más útil: que el arte empieza antes de la imagen, en la atención que somos capaces de prestar al mundo. Su obra sigue siendo importante porque no ofrece una respuesta cerrada, sino una disciplina de la mirada.

En una cultura que produce imágenes sin descanso, Hockney deja una lección incómoda y necesaria. No basta con ver. No basta con fotografiar. No basta con pasar por delante de una obra, una flor, un rostro o un paisaje. Hay que aprender a quedarse un momento más. Y en la era de las pantallas, ese pequeño gesto puede ser una de las formas más radicales de mirar.